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  • Causalidad y Finalidad
    Escreve: Manuel S. Porteiro
    Em: Outubro de 1935

  • Señoras y señores:

    Los dos puntos filosóficos sobre los cuales gira la moral dinámica del Espiritismo son, sin disputa, la causalidad y la finalidad, sin los cuales toda conducta carece de verdadero fundamento. La causalidad responde al por qué de las acciones, mientras que la finalidad explica el para qué de las mismas. Si falta uno de estos dos términos, no existen, no pueden existir verdaderas acciones morales: en el primer caso porque sin antecedente causal, sin causa o serie de causas, que influyan en las determinaciones de la voluntad, de acuerdo con el proceso moral de cada individuo, ninguna acción se explica, y en el segundo, porque si a este antecedente causal y sus efectos consiguientes, les falta un poder directriz, selectivo y telético, una dirección, un fin moral perfectible hacia el cual ajustar las acciones con arreglos a principios éticos inherentes a la conciencia de cada individuo, se caería en el determinismo fatalista o en el fatalismo determinista, es decir, en el materialismo o en la teología. Porque y conviene dejarlo establecido- el fatalismo teológico no excluye el determinismo, antes bien lo supone: pues si las acciones se realizan, en tal supuesto, de acuerdo con la presciencia de un Dios que las ha previsto y dispuesto desde toda la eternidad, necesitan para que así resulten del encadenamiento de las causas que las han de producir, sin el cual no se realizarían; y si, por el contrario, se realizan en virtud de un determinismo ciego, sin sujeción a principios morales inherentes al espíritu ni a la dirección finalista que este les trace de acuerdo con una finalidad de bien y de justicia perfectibles, tal determinismo es fatalista, de un fatalismo más funesto y desgraciado que el primero, por cuanto este se cumple de acuerdo a una voluntad, a una inteligencia, a un propósito, a un fin divino, aunque en este caso, el hombre no resulte más que un instrumento de la Providencia, que tiene la pretensión de creer que es él el que voluntariamente camina, siendo Dios el que lo arrastra a su oculto destino, según un plan preestablecido.

    La filosofía espírita es determinista, pero no fatalista, ni en el sentido teológico, ni en el materialista. En el primero, porque no admite que las acciones humanas ni las causas que las producen estén fatalmente dispuestas por Dios para la realización de cada fin individual, y porque este fin no es un limite en el cual se cierre la evolución del espíritu ni esta fuera de ser, ni es opuesto a su esencia ni a su voluntad, sino que es dinámico, indefinido y libre en la elección de los medios y de las acciones que han de realizarlo: es el ser realizándose a si mismo en el proceso sin limites de su evolución, superándose en las nociones y en la práctica del bien, de la justicia y del amor, desarrollando las potencias y facultades de su espíritu, elevándose a una mayor comprensión de su personalidad y de la naturaleza en medio de la cual se desarrolla.

    El principio inteligente o causa primera que rige el destino de los seres y de las cosas y al cual por hábito de lenguaje llamamos Dios, no esta fuera del Universo y de la vida, ni por consiguiente, fuera del hombre, que también es vida e inteligencia y parte integrante del Universo, sino que es el principio mismo de la acción universal en todos los ordenes de la vida, la causa activa, viviente, diversificada en los seres, alma dinámica que todo lo llena y todo lo comprende en su propia esencia, que todo lo determina y enlaza valiéndose para ello de los mismos seres que crea, sin impedir, las determinaciones de cada uno, las que, por lo demás no pueden ser impedidas arbitrariamente, porque cada ser es un agente de sus propios designios, una ley que se cumple dentro de la complejidad de las leyes antinómicas que dan existencia al mundo e impulso a la evolución.

    Obre bien u obre mal, tampoco el hombre puede ir en contra de los designios de Dios, porque, siendo la creación resultante de estos designios, no puede hacer ni siquiera pensar nada arbitrario a ellos; y de ahí que los actos del hombre, como sus mismos pensamientos, sean buenos o sean malos, sean morales o inmorales, libres u obligados están siempre dentro de las leyes naturales o, si se prefiere, divinas.

    Si el hombre fuese capaz de obrar contra todas las leyes de la naturaleza sería un ser sobrenatural, muy superior al mitológico Lucifer, y entraría en conflicto con el mismo Dios, a quien superaría por haber descubierto leyes y realizado actos que no eran posibles dentro de la naturaleza.

    El hombre dentro de su relativa inteligencia y sus limitadas facultades no puede sino estar en armonía (en armonía dinámica, entiéndase bien) con la Causa creadora que rige los destinos de los seres, y cualesquiera que sean sus determinaciones morales, encajan siempre en la armonía dinámica del Universo.

    Esto podría hacer suponer la justificación de situaciones o sucesos que reputamos como malos. Pero téngase en cuenta que estas situaciones y sucesos, en nuestro concepto dínamo-genético de la vida y de la historia, ni son justificables ni son fatales: son el resultado de un proceso en el que entran factores conscientes e inconscientes, voluntarios e involuntarios, resultado que, en los términos opuestos de la armonía social, representan la parte negativa y que lleva, en la parte positiva, los elementos de su propia destrucción; tienen la duración de un ciclo de la evolución social; cuya caída puede producirse, y se produce, en última instancia, por la voluntad y por las fuerzas morales puestas al servicio de un bien y de una justicia mayores.

    El hecho de que una cosa exista, no significa que haya tenido fatalmente que existir, ni que sea justificable por el mero hecho de su existencia.

    No hay, pues nada fatal en la evolución moral, según la doctrina espiritista, fundada en el conocimiento del espíritu humano: cada ser realiza sus propios fines dentro de las posibilidades de cada momento de su existencia, actuando en la creación y modificación de las condiciones favorables a su desarrollo e imprimiendo a éste, según el grado de perfeccionamiento alcanzado, la dirección moral y social que conviene a sus fines.

    Tampoco es fatalista en el sentido materialista; no puede admitir, porque los hechos y los razonamientos se oponen a ello, que las acciones y los sucesos humanos estén necesariamente determinados por una causalidad fenomenal y ciega y que la voluntad y la conciencia estén subordinadas a esta causalidad.

    El materialismo, y hablo del materialismo dialéctico que es determinista y, en el sentido expuesto, fatalista, coloca la causalidad atrás, y por delante el azar. Niega finalidad a la vida y, particularmente a la vida individual. El individuo, como ser biológico, no es más que un mero accidente, una forma pasajera de la materia organizada; como ser psíquico, la resultante del funcionamiento cerebral y de los reflejos exteriores en el cerebro. como ser moral y social, el producto del medio y de la sociedad; solo le concede deseos y propósitos inmediatos, cuyos resultados anula en el choque o conflicto de los opuestos.

    El individuo por sí mismo no tiene causalidad porque no tiene preexistencia, ni independencia, ni espontaneidad, ni historia propia; es un engranaje del mecanismo social. El proceso de la vida moral individual está determinado por la manera de ser de la sociedad, por su modo de producción, y no por las determinaciones propias y espontáneas del espíritu, de acuerdo con los principios morales inmanentes, desarrollados en el curso de una evolución pretérita y continua.

    En este determinismo fatalista, la causalidad moral ni siquiera tiene valor como propulsora del proceso social, para la transformación de la sociedad, puesto que está subordinada al determinismo económico que, en el concepto del materialismo dialéctico, es decisivo.

    “La abolición de clases como otro progreso social cualquiera-dice Engels-se hace practicable, no porque haya en las masas la simple convicción de que la existencia de esas clases es contraria a la igualdad, o a la justicia, o a la fraternidad: no por el simple deseo de destruirlas sino por el advenimiento de nuevas condiciones económicas”.

    Convendría averiguar si el advenimiento de las nuevas formas económicas se produce por si sólo, es decir, por el sólo encadenamiento mecánico (o si se prefiere dinámico) de las formas de producción, sin intervención ni dirección por parte de las ideas y el deseo de igualdad, de justicia y de fraternidad, y en tal caso preguntar a los materialistas la razón lógica del porqué el proceso histórico, económico y social va escalando formas superiores; del estado de salvajismo al régimen de esclavitud, de éste al feudalismo, del feudalismo al régimen capitalista y de éste al socialismo, en una progresión ascendente, siguiendo las aspiraciones humanas de una mayor igualdad, de una mayor justicia y de una mayor fraternidad y ajustándose al deseo de los hombres que, en el curso de la historia y dentro de sus relativos medios y conocimientos y con relación al grado de desarrollo moral y económico de cada época, lucharon por ese ideal. Pero no es aquí el lugar ni el momento de encontrar en estas averiguaciones que, por lo demás, no podrían ser contestadas de un modo lógico y razonable sin considerar al ser humano como poseyendo en sí mismo la fuerza directriz del desenvolvimiento moral y material de la historia o, en su defecto, considerar a éste como providencial, cayendo en el fatalismo teológico.

    Mientras el materialismo hace el factor económico la causa determinante de las acciones del hombre y pone en la evolución la causalidad por detrás y el azar por delante; la teología anticipa la causalidad a los hechos y pone por delante en vez del azar, el destino; pues según se deducen de sus dogmas, Dios, en su presciencia y omnisciencia absolutas, ha previsto y dispuesto las acciones del hombre de tal modo que este debe cumplirlas fatalmente y llegar también de un modo fatal a su destino, eternamente feliz o desgraciado, después del término de esta existencia. De nada vale que los teólogos apelen al libre albedrío como facultad para determinarse en el sentido del bien o en el sentido del mal, para ganar el Cielo o perderse en el Infierno o que empleen juegos de palabras como éste: “las cosas no suceden porque Dios las prevé sino que las prevé porque sucederán”; pues todos los esfuerzos de la metafísica teológica resultan impotentes para conciliar dentro de sus doctrinas el libre albedrío con la presciencia y omnisciencia de Dios.

    Vemos, por otra parte, que ni el materialismo, ni la teología conceden finalidad a la evolucion ni a las acciones morales del individuo: la segunda pone el destino donde la primera coloca al azar, y el destino, en rigor, no es finalidad en el sentido teleológico o telético de la evolución. El destino teológicamente considerado es un término, un punto final al progreso, que termina en un lugar donde ya nada hay que hacer ni el sentido del bien ni en el sentido del mal ni del perfeccionamiento, ni del conocimiento, es la inactividad y, desde este punto de vista, es preferible el azar que, aunque es movimiento ciego, es movimiento.

    El Espiritismo viene a dar al hombre, a descubrirle, diremos mejor, su verdadera finalidad de acuerdo con un concepto científico mas elevado de la evolución y viene a conciliar la libertad con la causalidad y con los designios del Principio inteligente que rige las leyes del Universo. El problema de Dios y de la libertad, condicionada y relativa, encuentra en la filosofía espírita una solución lógica, la única que pueda darse en el estado actual del humano conocimiento.

    La filosofía espírita fundada en observaciones y en experiencias psicológicas y en una lógica y una dialéctica superiores, nos enseña que el espíritu humano lleva en sí mismo los principios y la ley de su evolución moral, identificados con su esencia y con la esencia del Ser infinito, que, aunque finito y relativo, es infinito en su perfectibilidad, así como Dios es infinito en su perfección, y entre perfectibilidad y perfección no puede haber contradicción esencial, ni arbitrariedad, ni desarmonía.

    El hombre es relativamente libre dentro de su finitud y de la ley moral, que no es ni extraña ni opuesta a su esencia ni a su finalidad de perfeccionamiento, sino que, como hemos dicho anteriormente, es el mismo espíritu moviéndose, accionando y reaccionando consciente o inconscientemente, en virtud de una causalidad y de un fin, dentro de determinadas condiciones naturales y sociales y de las leyes y causas concurrentes que rigen la evolución en general.

    Así como las corrientes de mar no impiden que los peces se muevan en él con relativa libertad material, aun siguiendo-quizá sin saberlo-el curso de las aguas, sujetos a las condiciones e influencias del medio en que se desarrollan, a las cuales responden con sus medios de defensa y facultades de natación y traslación; del mismo modo las corrientes de la vida natural y social no impiden al espíritu humano determinarse en el seno de la naturaleza y de la sociedad con relativa libertad moral, respondiendo con sus facultades superiores a las influencias del medio en que actúa y condicionando este medio, natural y social, para la realización de sus fines, sin condecir, por esto, las leyes de la naturaleza y de la sociedad, y no me refiero solamente a los términos positivos sino también a los términos negativos que complementan las leyes. Pues no hay que olvidar que en el concepto dialéctico del Espiritismo, toda ley natural humana o divina, supone dos términos uno positivo y otro negativo, dentro de los cuales se desenvuelve la relativa libertad del hombre.

    Las causas fenomenales, las influencias y los factores de todo orden que obran en nosotros, sobre nosotros y aún aparentemente en contra de nuestros propósitos más nobles, son la condición necesaria,-pero de efectos contingente-, del desarrollo de nuestra personalidad psíquica y moral; no son ellas las que nos determinan, las que trazan una dirección al proceso de nuestra vida: ellas son únicamente la materia, el elemento indispensable de nuestras determinaciones; puede considerárselas, a lo sumo, y en un límite también restringido, como causas motrices de la evolución, pero no son ellas las que trazan la dirección al proceso evolutivo individual o social. La verdadera causalidad substancial y directriz radica en el hombre, en su espíritu, con ella responde a las causas fenomenales y les imprime la dirección que conviene a sus fines o, mejor dicho, se orienta a través de ellas, porque las causas fenomenales son pasajeras, mientras que el espíritu preexiste y subsiste a ellas.

    En el orden moral como en el orden físico no hay efecto sin causa y los hechos o fenómenos se encadenan en uno como en otro en una causalidad o serie de causas y efectos, de acciones y consecuencias que determinan un proceso cíclico, el cual se encadena a otros y así sucesivamente; pero en el orden moral la causa esencial y determinante es el espíritu y no la causalidad fenomenal que, en el proceso de la evolución, está subordinada a aquél; mientras que en orden físico la causalidad es puramente fenomenal, los fenómenos se producen fatalmente en virtud de sus antecedentes causales (cuando no están supeditados a la voluntad de un ser inteligente) sin que preexista ni subsista a ellos una causa esencial ni directriz.

    Tampoco hay causa sin efecto, lo mismo en el orden moral que en el orden físico; pero en el primero, a diferencia de los fenómenos físicos, la causa obra sobre un ser consciente, inteligente y volitivo que puede exteriorizarla en acto o no, y los efectos están sujetos a contingencias: una misma causa puede tener consecuencias distintas, porque las determinaciones, dependen de la voluntad de un ser activo característico y no del antecedente causal, que solo tiene razón suficiente para provocar un efecto, pero la calidad del efecto, el carácter de la resolución, la dirección de la conducta y la consecuencia moral no dependen de él. No obstante el efecto se produce y la consecuencia subsiste, pero no es unilateral como sucede con los efectos físicos que, según el principio de las leyes, (que no debe confundirse con el principio de causalidad) exige que las mismas causas produzcan siempre los mismos efectos.

    En el orden moral, las mismas causas pueden producir efectos distintos, y de ahí que la ley de causalidad sea bilateral y, por lo tanto; no sea fatalista y deje al espíritu en libertad relativa para tomar decisiones y dirigir su conducta.

    “El fatalismo -como dice el ilustre Flammarion- es la doctrina de los somnolentes; los fatalistas esperan los acontecimientos (o se dejan arrastrar por ellos), lo que ellos suponen que ha de producirse a pesar de todo, por encima de todo. Por el contrario, nosotros trabajamos y cooperamos en la marcha de los acontecimientos. Lejos de ser pasivos, somos activos, construimos nosotros mismos el edificio del porvenir. El determinismo no debe confundirse con el fatalismo. Este presenta la inercia; el primero representa la acción.” Pero entendamos que el determinismo espiritualista, en el concepto espiritista de la palabra, no debe confundirse con el determinismo materialista ni con el determinismo teológico, que subordinan la voluntad a los hechos ciegos y predestinados y colocan, respectivamente, el azar y el destino, donde el Espiritismo, como compensación a los esfuerzos, pone la finalidad, que es perfeccionamiento indefinido, actividad consciente y voluntaria, dirigida hacia un mayor progreso moral y espiritual hacia una mayor justicia, un mayor bien individual y social hacia una mayor comprensión de nuestra personalidad, de la naturaleza y del Ser infinito que rige sus leyes.

    Desde un punto de vista más trascendental y teniendo en cuenta que la evolución espiritual del ser humano no esta limitada entre el nacimiento y la muerte, la ley de causalidad moral, llamada también de causas y efectos o simplemente karma, se extiende al proceso del espíritu, abarcando sus anteriores existencias o encarnaciones sucesivas, pero esta causalidad extendida a tiempos y formas pretéritas, está siempre determinada por el espíritu en su evolución de lo inconsciente a lo consciente o, mejor dicho, de una inconsciencia relativa a una mayor conciencia, ya que una inconsciencia absoluta en un ser biopsíquico es inconcebible.

    El encadenamiento de hechos y consecuencias, en las sucesivas personalidades que dan forma biológica a nuestra individualidad psíquica, a nuestro yo permanente e indestructible, determina, por la acción y dirección del espíritu el progreso moral y espiritual que suma cada una de nuestras existencias. Lo que somos hoy, en actividad, es la consecuencia de lo que fuimos ayer, y lo que seremos mañana depende de lo que seamos hoy, y digo de lo que seamos y no de lo que somos, porque en nuestro concepto dialéctico de la evolución, nada está en reposo, todo llega a ser, como decía Heráclito como comparando la vida con la corriente de un río.

    La evolución es un constante devenir, un movimiento continuo, en que el espíritu, ser activo por su esencia, cambia constantemente en sus formas, ideas, hábitos, costumbres y cualidades adquiridas y se renueva y perfecciona sin cesar: la personalidad humana es, como dice Oliver Lodge, una obra interminada e interminable; es, diremos nosotros, una chispa encendida que deja tras de sí la influencia de su pasado, pero que intensifica en su trayectoria la ley que ilumina su porvenir; no se detiene en ningún instante de su vida. El mismo sueño es un estado activo del alma; y la muerte no es inercia, ni cesación de las facultades psíquicas, ni reposo, ni descanso, es tránsito de una forma de vida a otra, de una a otra forma de actividad, de un plano a otro de existencia. En este movimiento, perenne de la evolución sin limites, el espíritu acciona y reacciona, responde con su actividad a los factores externos y selecciona las causas y los motivos que obran sobre su voluntad, cediendo en muchos casos a los impulsos del mal y oponiéndose en otros, a estos impulsos y a las influencias del medio, y en esta lucha incesante a través de experiencias infinitas, avanza en el camino del progreso, adquiriendo una mayor comprensión, una mayor conciencia, una mayor inteligencia y fuerza de voluntad, ampliando los horizontes de sus conocimientos, desarrollando sus potencias psíquicas y morales, dominando cada vez más su causalidad, subordinándolas a sus más elevados propósitos, imprimiéndole la dirección finalista a medida que la finalidad ulterior, que abarca los fines inmediatos, se hace más accesible a su inteligencia y se identifica con el ser infinito, fuente de toda bondad, de toda justicia, de todo amor y de toda perfección. De ahí que toda la serie de causas pasadas que obran sobre la vida de un ser, son determinadas por el propio ser en la medida de sus conocimientos, de sus esfuerzos y del desarrollo de sus facultades y sentimientos.

    Si nosotros somos los que determinamos nuestras acciones y nuestra evolución y llevamos en nuestro espíritu el poder directriz de orientarlas hacia una finalidad, ya sea social o espiritual, se deduce entonces, que los problemas individuales y sociales que se relacionan con la causalidad moral dependen de nosotros, de la actividad, del esfuerzo y de la inteligencia que empleemos para resolverlos y que las situaciones económicas y sociales como las clases a las que estas pertenecen son condicionales a determinada forma de la sociedad, pero de ningún modo necesarias para la evolución del espíritu y la estabilidad social y, por consiguiente, no tienen razón para perpetuarse. Y, desde luego, la ley de causalidad no viene a ser una ley que impone condiciones fatales de privilegio y de miseria a los hombres; sino que la sociedad dividida en clases solo representa un estado inferior y pasajero de la evolución moral y social. Y estamos, entonces, en una comprensión superior de la doctrina espiritista. Esto nos permite abordar un nuevo aspecto crítico del tema que venimos tratando y demostrar que el Espiritismo filosóficamente considerado, no es una doctrina que pueda servir de puntual a la explotación y a la inmoralidad del régimen imperante.

    Los que sostienen, fundándose en la ley de causalidad, que cada uno ocupa en la sociedad el lugar que le corresponde, o son pobres de inteligencia que no han penetrado el fondo moral de nuestra doctrina, o, hacen de ésta un sincretismo, mezclando en ellas los peores elementos de las religiones positivas y conservadoras o, lo que es peor, ven en él, de acuerdo con su criterio, el medio de justificar y a la vez asegurar las situaciones ventajosas que al amparo de la injusticia y de la inmoralidad establecidas, se han creado en la sociedad, y en vez de defender la moral excelsa del Espiritismo defienden sus propios intereses materiales y a dan a los potentados de la tierra un arma filosófica formidable para que se defiendan de los desheredados.

    No fue ésta la actitud espiritista, valiente y generosa de Kardec, cuando al fin de su vida, con la experiencia y la madurez de la reflexión, escribió en “Obras Póstumas” aquellas páginas proféticas admirables que todos conocemos, donde fundamenta la moral social sobre los principios de Libertad, de Igualdad y de Fraternidad y afirma el advenimiento de una sociedad sin privilegios y sin clases, páginas que debieran ser recordadas a los profanos como a algunos adeptos que, dándose el título, de kardecistas, las olvidan con frecuencia.

    Valerse de la ley de causalidad para justificar ( pretendiendo explicar ) las desigualdades económicas y sociales es contraer una grave responsabilidad ante la historia del Espiritismo, que tendrá que desmentir mañana con hechos lo que hoy desmentimos con razonamientos; es tergiversar sus enseñanzas por no haberlas comprendido o por quererlas ajustar a los convencionalismos de la sociedad; es hacer del Espiritismo la doctrina más contraria al progreso y al derecho de emancipación de los pueblos productores que sufren las consecuencias de un régimen injusto y oprobioso; es, en fin, hacer un mal al rico y al pobre, pretendiendo conciliarlos manteniendo en pie las causas de su odio y de su conflicto: a los pobres, porque, con este criterio, se les da el derecho para que, es ésta o en otras existencias, se conviertan a su vez en explotadores y en tiranos de los que hoy los oprimen; y a los ricos y potentados, porque tendrán que sufrir las consecuencias de la explotación y de la tiranía.

    Por otra parte, los que así piensan no son siempre consecuentes con su doctrina, porque si un hombre ocupa el lugar que le corresponde, viviendo en la opresión y en la miseria, la caridad que ellos aconsejan es opuesta a la realización de este karma, que ha de ser de humillación y de hambre hasta que cumpla su misión, como suele decirse, y lo mejor y más espiritista, es este caso, sería dejarlo bajo el yugo y la miseria, y más lógico aún hacerlo sufrir más humillación y más hambre, aumentando su dolor y su miseria para que termine su misión más pronto y venga luego a la vida a hacer sufrir a sus victimarios, prolongando así la cadena de sufrimientos, de odios y venganza.

    Las situaciones económicas y sociales no están determinadas necesariamente por antecedentes morales ni corresponden al grado de moralidad o de inmoralidad de cada uno, ni puede considerárselas como sanciones naturales correspondientes a tales o cuales merecimientos. La riqueza como la pobreza tienen orígenes y causas diversas; son cambiantes y están sujetas a influencias distintas.

    Las situaciones más ventajosas en la economía, en la política, etc. suelen derrumbarse de la noche a la mañana así como suelen enriquecerse y encumbrarse muchos hombres de condición humilde. La riqueza material es, en muchos casos, el resultado de circunstancias fortuitas y en la mayoría el resultado del despojo, de la explotación humana, de la prepotencia, del robo, del crimen, de la pillería y, en suma, de la inmoralidad legal e ilegal; los hombres que se enriquecen con sus propios esfuerzos y sin perjudicar a nadie, son contados; y la pobreza suele ser, en algunos casos, el resultado de la negligencia, de la ineptitud o de la demasiada moralidad y honradez y, en general, de la forma inicua en que está constituída la sociedad.

    Tenemos, pues que las situaciones económicas y sociales no están predeterminadas fatalmente ni necesariamente por situaciones análogas anteriores ; que son cambiantes y se deben a factores de distinta índole, ajenos, en muchos casos, a la conducta del hombre, pero que pueden y deben sujetarse a su voluntad y a una finalidad social superior; que nadie ocupa necesariamente el lugar que le corresponde en la sociedad, sino el que ha sabido o podido conquistarse en la lucha despiadada y cruel de los intereses materiales y sociales en pugna.

    El proceso individual del hombre está encadenado al determinismo de la historia, cuyo engranaje económico, político, etc. sujeta la causalidad o karma de cada espíritu a condiciones y circunstancias ajenas a su voluntad y les da orientaciones que dependen, hasta cierto punto, de estas condiciones y circunstancias o de voluntades distintas o contrapuestas a la suya. Cada ser trae a la vida su causalidad, su proceso serial de vidas pasadas, pero la historia y el proceso económico y social tienen también su causalidad, su determinismo independiente de cada individuo en particular. Los individuos vienen, actúan y se van, dejando, es cierto, su influencia en la sociedad y llevándose la influencia que recibe de ésta.

    Los hombres cambian, se perfeccionan, poco o mucho, pero desaparecen, y la estructura económica y social, con su superestructura política y jurídica permanece durante varias generaciones siguiendo su propio determinismo hasta llegar al término de su ciclo y dar comienzo a otro; y los seres que vienen tienen que acomodarse a la estructura y a la superestructura de la sociedad, sujetos a sus condiciones materiales, adaptándose a la moral convencional y sometiéndose a sus leyes injustas o reaccionando contra ellas en vista de un régimen mejor, más justo y más humano. Y para esto el hombre que ha llegado a comprender la ley de su evolución moral, en el concepto espiritista de la vida, no debe tener en cuenta su pasado, que desconoce, ni justificar por éste-que es meramente conjetural- su presente, sinó esforzarse porque este presente, que es un constante devenir, se ajuste lo más posible al mayor bienestar individual y social, de acuerdo con los elevados principios de su filosofía y no acomodarse a la situación económica, al privilegio de clase, que no puede existir ni sostenerse sino sobre el hambre, la miseria y la opresión de los demás, lo que es contrario a los postulados morales del Espiritismo.

    Sólo los valores morales y espirituales tienen su causalidad esencial en el espíritu; sólo ellos tienen una existencia imperecedera y progresiva y elevan al ser que lo atesora a su verdadera finalidad: tienen también su propia sanción, sin que sea necesario recurrir, a formas materiales de convivencia desiguales, a privilegios y explotaciones odiosas.

    Estas, mientras existan, sólo pueden considerárselas como formas inferiores y pasajeras de la evolución, cuya desaparición depende de nuestras voluntades mancomunadas, de nuestros esfuerzos solidarios, es decir, de los hombres moralmente superiores que, unidos a la causa justa de los que sufren, trabajen por su pronta desaparición.

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    Conferencia dada en el Teatro Lassalle, el dia miercoles 9 de octubre de 1935.
    Transcripto de la Revista Constancia nº 2454 de l1 de enero de 1936.

    Manuel S. Porteiro (1881-1936), pensador espírita argentino, considerado o fundador da sociologia espírita. Foi presidente da Confederação Espírita Argentina (1934-1935), tendo representado este país, ao lado de Humberto Mariotti, no V Congresso Espírita Internacional de Barcelona, em 1934. Escreveu os livros Espiritismo Dialectico, Concepto Espirita de la Sociologia, Origen de las Ideas Morales e Ama e Espera.